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“Otro nombre, este casi utópico: Ártica. A veces ocurre que te cruzas con artistas que crean mundos. Los de Ponten Pie inventan un rincón nostálgico, íntimo, mágico. Teatro de investigación sensorial del cual no quiero desvelar nada, para no quitar el deleite del asombro a los que alguna vez tengan la posibilidad de asomarse a esta propuesta exquisita, plena de lirismo y preciosismo visual, dirigida con maestría estética por Sergi Ots.”

“…Historias de soledad y frío, de vidas anónimas, de silencios, del origen de los cuentos, del final de la vida. Un espectáculo sin palabras, minimalista, poético, de una extraordinaria belleza estética, cuidado hasta los más pequeños detalles, interpretado con gran intensidad…”
“…Espectáculo de sentimientos, vivencias, desolación y esperanza. Esta búsqueda de la pervivencia a través de este breve, tenue hilo, fe de vida, que alguien sensible recoge y guarda celosamente en un recipiente de cristal. Al final, antes de irse despidiendo con gratitud de cada uno-a de los espectadores, las actrices nos ofrecen un hilo a cada uno. Yo sigo conservando el mío…”
“…Junto a Sergi Ots, alma y motor de la compañía, actúan Emile de Lemos, co-autora, y Natália Méndez. Los tres excelentes, intensos. Destacar también la cuidada banda sonora con canciones y músicas que nos evocan los países nórdicos y la intensa Rusia. La cabaña de madera donde transcurre todo el espectáculo es una auténtica joya escenográfica y de atrezzo (obra de Jordi Dorado y Sergi Ots). El vestuario, la caracterización y los efectos especiales, impecables…”

Ârtica golpea. Invita a una experiencia pequeña, de personajes ingenuos, blandos, soñadores, que evocan un mundo antagónico: el hogar abraza delicadamente los recién llegados de aquel universo inhóspito. Aún así, un frío que se hace notar (se agradecen los abrigos cedidos para la ocasión) se mantiene constando como una música evocadora. Los juegos de luz, los cuadros cuidados, la dramaturgia con unos carretes de hilo que pueden indicar la extensión de la vida, o de algunos capítulos que se han quedado enganchados en la manga del abrigo, o en el cuello, o en los bolsillos… Un hilo que también es muerto y recuerdo. No hay ni una palabra; pero de los ojos de los personajes respira una bondad, sea hospitalaria o dolorida por la pérdida, que invita a sonreír y a mirar la profundidad desde dentro. Es un espectáculo que busca la conexión emocional, la experiencia, tiene un punto místico. Mirado desde la fría concepción del ritmo, y los giros dramáticos se la podría juzgar cruelmente. Ponten Pie ha dejado arrinconado su divertida COPACABANA (toda ella era un disparate simpático, con puntos de clown, de manipulación de objetos, alguna pincelada poética… sorpresa en la misma escenografía) para acurrucarse allá donde se sienten más comodos. Son valientes y, por su delicadeza, pueden cocinar un nuevo itinerario de funciones en todo el mundo.

La Compañía catalana Ponten Pie edificó una cabaña en El Molí de El Talladell, a dos kilómetros de Tàrrega. La capacidad de sugestión de estos artistas fue la mejor manera de dejar a parte nuestro desconcierto inicial por hallarnos en paraje apartado. Después de darnos la bienvenida, fuimos invitados uno a uno a habitar su interior. Para pasar con ellos unos instantes en un interior gélido, ataviados con abrigos protectores. El refugio que nos habían preparado estaba construido de madera pero lo que nos convenció a entrar en él fue la delicadeza que lo recubría, fabricada con las buenas maneras de sus artífices. Los tres se ganaron nuestra confianza mostrándonos que cuando hay sensibilidad por parte del artista, sutileza en la puesta en escena y habilidad para recrear una atmósfera ambigua pero acogedora, el público viaja deseoso donde se le proponga.
“…Ârtica es una propuesta que desempolva la capacidad sensitiva del espectador, esa que suele permanecer en estado de hibernación en el acontecer diario: La vista porque expone una serie de episodios de gran belleza congelada, que uno percibe bien resguardado en el interior de la cabaña y a través de las ventanas. El tacto, al relacionarse la maestra de ceremonias con cada uno de nosotros acariciándonos esos ropajes que nos separan de la entrega total y uniéndonos a través de hilos que previamente ha tejido con irresistible fervor. Oído puesto que se nos deleita con unas melodías hermosísimas a medio camino entre la melancolía y la ilusión de estar juntos viviendo unos momentos mágicos. Y finalmente, el gusto. O, mejor dicho (si se me permite la licencia), el buen gusto. El que destilan Sergi Ots, Emilie De Lemos y Natàlia Méndez al transmitirnos con generosidad una intimidad escénica desde la cercanía espacial, la complicidad de iluminar y apagar el escenario en equipo y lo más difícil en un espectáculo teatral: Hacernos olvidar que procedemos de distintos lugares para empujarnos a crear todos juntos uno solo y común en el que hablamos el mismo idioma, dialogando artistas y público con nuestra mirada curiosa y afectuosa.

Para entrar a ver el espectáculo nos piden dejar abrigos y bolsas al guardarropa. Lo hacemos, obedientes, y a continuación somos invitados a pasar en la Sala Abierta del teatro Auditorio. En medio de la sala encontramos una edificación, como por ejemplo un pequeño refugio de montaña donde iremos entrante, poco a poco, persona a persona.

Dentro del refugio hay un ambiente muy frío, ocho grados, dicen, y para poder estar cómodamente se nos mujer un abrigo de pieles a cada cual (el mío era precioso, por cierto).

Y empieza la poesía.

Una chica está preparando una hiladora con un huso de vidrio. El hilo lo irá obteniendo de los bolsillos de algunos de los espectadores, todo el mundo puerta al menos una historia poética al bolsillo, como mínimo la más importante, la vida. La chica obtiene un carrete de hilo de un espectador y, mágicamente, empieza a hilar mientras observa el proceso a través de una gran lupa. Observa el proceso o nos observa a nosotros? La luz del refugio se apaga y se obra una gran ventana que da al exterior. Allá podemos ver la primera escena; la lucha por la supervivencia quizás, donde un mendigo pide ayuda haciendo música con un trozo de cartón plegado cómo si fuera un acordeón. Desde la comodidad de nuestro refugio lo podemos ver luchando para sobrevivir, luchando contra la gente, luchando contra los elementos (de repente se pone a nevar). La lucha por la supervivencia, sí, pensaba yo, y también contra el egoísmo que se hace presente en forma de las trampas que inventa para compartir una fruta y quedarse con el trozo más gordo. Todo con el fondo musical del ruido de la hiladora que va hilando esta vida, mezclado con preciosa música húngara. Y la ventana se cierra.Volvemos a nuestro refugio.

Soy muy aficionado a la mitología, especialmente la griega, y esta chica Hiladora empezó a hacerme pensar en las Moiras, las tres hermanas que trenzaban los hilos de las vidas de los humanos. Y esta primera escena podía ser la obra de Cloto, la hermana pequeña, la que está presente en la vida desde el nacimiento hasta la lucha por la vida misma.

De un otro espectador nuestra hiladora obtiene un otra hilo que nos traerá a la segunda poesía muda. Es ahora Làquesis, la segunda hermana de las Moiras? Vuelve a empezar el juego de la hiladora y lo sentirnos observados por la gran lupa, y se obra otra ventana a trabas de la cual podemos ver una nueva escena. Un abuelo que juega con una niña pequeña. Si, pensaba yo, es Làquesis que marca la duración de la vida con esta preciosa segunda poesía, el delicioso juego entre el hombre grande y la niña pequeña; entre la infancia y la vejez.

Volvemos al refugio. La hiladora tiene todavía un huso para llenar, que nos traerá a la tercera poesía muda. La tercera ventana nos muestra un hombre muy grande que está muriendo. Ovilla todo el hilo que ha trenzado mientras ha tenido vida, lo envuelve cuidadosamente con un trozo de ropa y el mujer a una mano etérea que le recoge. Pero antes de acabar su pasaje por la vida, todavía recoge un pequeño trozo de hilo que ha quedado sobre la mesa y que será la continuidad de la vida.
Efectivamente era la tercera Moira, Àtropos, la hermana grande que, con sus tijeras de oro, corta el hilo de la vida. La última ventana se cierra y volvemos al refugio.

La hiladora, desproveída ahora de nombre, busca en los bolsillos de los espectadores algún trozo de hilo para continuar su tarea pero no lo encuentra. Unos golpes llaman su atención y se acerca a un pequeño ventanal que se abre. Una mano le mujer el legajo que le había entregado la vida ya acabada. Pero la vida tiene que continuar, y todos nosotros seremos los portadores. Así nos va donante a cada cual de nosotros un trozo de hilo de algodón, nuestra vida.
Ya no tenemos nada más a hacer dentro del refugio, habrá que salir nuevamente a la calle y mirar de aprovechar el que se pueda del trozo de hilo que nos queda. Y uno a uno somos invitados a dejar aquel lugar mágico.

La compañía Ponten Pie no salió a recoger los aplausos que, tímidamente los intentamos dar. La poesía que nos han regalado no precisaba unos saludos porque habrían sido una manera de romper el hilo poético con que nos habían obsequiado, de dejarnos en el teatro todo el que hemos visto. Sin saludos pues, nos pudimos llevar mucho más bien todo el que habíamos aprendido, y jugando con el trozo de hilo de algodón al bolsillo volvimos a la vida de cada día.

Y rediós, cuántas cosas nos habían dicho sin usar palabras!